Fue un domingo. Y la ciudad vestía su traje favorito, ese que es amarillo y ciega de manera fugaz a todo aquel que se atreva a mirarlo directamente. Aún así y pese a que era más de lo mismo, un domingo con bastante calor y enmarcado en la identidad de los marabinos, estar todo el día en la casa con la familia para mi era un domingo romántico, Maracaibo había amanecido con una rosa en el traje, tal cual al aspecto físico de un caballero del siglo pasado. Ese domingo, de enero con la figura de fondo de la ciudad y en primacía mi sonrisa vestida con la mejor gala necesitaba escapar de la rutina, necesitaba hacer una apoteosis del domingo, de mi domingo.
El vestido de gala de mi sonrisa, que atormentó y contagió a quien se me acercara tuvo explicación, cuando después de estar dos horas acostada en la grama de un parque, alguien imitó mi actitud y con los ojos cerrados comenzó a susurrarme poesía; poesía sarcástica, poesía de Oliverio Girondo. Quién habló tenía un timbre de voz masculino, fuerte y decidido; su voz era un mandato al igual que sus manos ásperas, las que me ordenaron no abrir los ojos. Después de escuchar el primer poema y asqueada del olor ineludible del cigarrillo, que impregnaba la estampa de este hombre desconocido, estuve aletargada en un juego con un extraño lector de poesía.
Eso fue esa tarde, -¡vaya tarde!- fui la protagonista de un domingo sin narcisismo, vi a alguien sin mirarlo, tuve la inseguridad de la seguridad de un bohemio. Así lo percibí. No fue necesario ver su rostro, saber si era gordo o flacucho; sólo quería seguir allí en la grama, acostada con mi recital de sonrisas, inhalando humo, llenando mis pulmones de cáncer; pero mis oídos del alma, el alma en palabras; de la luna escrita, de eso, que le regalo un extraño a una extraña.
Jamás nos miramos, sólo sentíamos la presencia física por el sonido de las respiraciones, durante los espacios de descanso entre poemas. Realmente, sentí que estaba en una celebración al estilo de una película épica. Era tan extraño que existiese un hombre de manos ásperas que le recitara poesía a una desconocida. Era aún más raro que no le temiese al rechazo, ni a los señalamientos, era perfecto, fue perfecto.
Escuché seis poemas, reconocí sólo cuatro. Estuve ahí durante horas. Viví mi mejor fiesta y tal cuál haría otra persona roge a un Dios que no terminara ese momento. Sé que el sexto poema fue el cierre de ese domingo caluroso en la ciudad y fue el final del juego poético.
El juego no tuvo preguntas para conocernos, el juego dejo un corcho nuevo para el kolash de recuerdos que cada uno guarda para sí. Nunca conocí el propósito del extraño lector de poesía. Pero, si concluí que lo hermoso estuvo en no verlo y en que tuvo sabor a un chocolate con piscas de luna, por lo extraño y delicioso.
Y es que unos cuantos años después, sé para que existen los domingos.
ResponderEliminarSe necesita tener una cámara lista,
el block de notas sazonado por el tiempo
y un árbol como espaldar.