sábado, 14 de agosto de 2010

En las escaleras del sexto piso

Abre los ojos, desesperada. Desde la cama alcanza su jean negro, una franelilla de algodón, el suéter blanco y sus únicas y favoritas gomas. Toma las llaves del auto, lo enciende y escribe en el celular:
lechuga romana,
pechuga de pollo,
pan tostado,
queso,
una botella de vino tinto
y una barra de chocolate.
Llovía, era la regla de cada viernes. Escogió al azar el puesto en el estacionamiento desierto del supermercado.
Entró e hizo suyo cada pasillo. Disfrutaba los olores como un niño disfruta zambullirse en una piscina de pelotas; ese olor a cajas de cartón, a piso húmedo, a frutas, a frío, a cajas registradoras, a dinero, a acero, a revistas, a jabones, a plástico.. a supermercado se impregnaba en su olfato y lo guardaba de número uno en su colección de olores; mientras en sus manos, llevaba la cesta y cumplía con todos los requisitos establecidos de manera previa en el celular.
Se acerca a la caja.
-Son 60 bolívares.
Del fondo del bolsillo de sus pantalones, saca un billete tan arrugado como pasa de uva, encoje sus hombros y extiende su mano hacía la vendedora. No articula palabra alguna. Pero, responde con una sonrisa la frase ¡Qué tenga una feliz noche señorita!
Salió y caminó hacía su carro. Cerró la puerta y le otorgó a las bolsas el lugar de acompañante. Las calles estaban recién bañadas. El olor a lluvia destronaba a un sinfín de olores.
Cinco minutos tardó en regresar a su apartamento. Vivía en el sexto piso del edificio Marente. Prefería subir las escaleras. Tenía un montón de fobias, adheridas a su mente como barajitas en un álbum de coleccionista.
En el cuarto piso, hacía una parada obligatoria. Respiraba profundo y sacaba de su cartera una botella de agua. Paraba allí -no por cansancio-, sino porque no podía vincular los olores que salían de las puertas de cada apartamento e invadían sin aviso su nariz.
Los olores llegaban a sus fosas nasales como moléculas curiosas, queriendo ser descompuestas por sus críticas e intensas mucosas receptoras. Viajan los olores velozmente por su agudo sentido con el objeto de ser encarcelados en los baúles de viejos y nuevos olores.
Sin embargo el cuarto piso, tenía un olor adictivo. Se embriagaba hasta flotar en el aire, como cuando las mariposas se emborrachan con el olor de las rosas. Vivía el mismo proceso de metamorfosis. Ella se convertía en larva, oruga y luego emprendía el vuelo, agitando sin cansancio sus alas. Se batía, se estremecía tanto que sólo reaccionaba cuando sentía que caían las bolsas al piso, como iceberg en sus pies. Volvía a ser humana, a ser ella. Abría los ojos, levantaba las bolsas del piso y decidía seguir subiendo.
Entraba sin encender las luces. Conocía cada rincón, imperfección y detalle de su casa. Iba directo a la cocina. Agua, vinagre y sal para la lechuga; un budare para la pechuga, la tabla de madera para descuartizar rebanadas de pan y el queso… una copa de vino para saborear la noche antes de su cena y finalmente se sentaba sobre la barra de la cocina, cruzaba las piernas y comía. Olvidaba la música, así que se levantaba, encendía el reproductor y comenzaba a tararear y a tararear entre suspiros y sonrisas aquellos boleros, que aprendió como cuartilla de abecedario en la casa de sus padres.
Nadie la visitaba. Era feliz así. Sabía que adentrada en su mundo no debía dar explicaciones, ni tejer coartadas. Ni la obligarían a salir un viernes por la noche. Ni a emborracharse en la calle, ni a terminar en la cama de un extraño. No necesitaba ser protagonista de lo patético...para ello podía escuchar de vez en cuando a sus allegados en algún café de la ciudad.
Se repetía, después de su cena, una frase que divisaba desde el balcón:
"Vivimos como soñamos, solos"
Su timbre no sonaba con frecuencia. Pero, aquella noche antes de oírlo sonar, sintió que algo del cuarto piso estaba detrás de su puerta. Corrió y espero que timbrara.
El olor, -todos los olores los destilaba un hombre..
Sin abrir la puerta dijo:
-¿Qué quiere?
-¡Hace rato usted olvido su cartera en las escaleras del cuarto piso!
-¿Revisó mis pertenencias?
-¡Si quiere bajo y dejo su cartera allí!
Hubo un momentáneo silencio, interrumpido por el sonido del ascensor.
-¡Espere, espere!
- ¡Gracias por traerla!
-Veo que le gusta el vino, -Ella tenía la copa en sus manos- ¿me invita una copa?
-Se quedó pensando; él la embriagaba. (A pesar de que no le gustaba estar acompañada, no podía combatir las sensaciones que le producían aquellos olores) Entró al apartamento. Regresó con otra copa y la botella... y a orillas de las escaleras hablaron de todo:
de sus fobias,
de sus adicciones,
de sus soledades,
del mundo,
del vino.
Del cómo se congelaba y se desintegraba su vida al llegar al cuarto piso del edificio. De cómo reaccionaba. De cómo fruncía el rostro, de cómo volaba y finalmente aterrizaba… tocaba el piso y seguía como una diosa.
-Siempre te veo. Cada viernes estoy detrás de mi puerta, detrás de ti, con puntualidad. Nunca me acercó porque no quiero interrumpir ese hermoso instante de tu resurrección. Naces más bella.
Ella dijo: tu olor me desintegra.
-¿Yo te produzco eso?
-Sí. Lo descubrí antes de que tocaras a mi puerta.
-Él sonrío.
-Ella dijo: ¡Eres la palabra siempre, acompañando a mi soledad!

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