miércoles, 17 de noviembre de 2010

Érase una vez la historia de alguien que no se parecía a Teresa.

Pero, nunca  dejó de compartir una pizza a las tres de la mañana.
Ni de comerse un trozo de chocolate.
Ni de tomarse una copa de vino en una copa de cristal-cristal.
Ni de regalarme las primeras sonrisas cada 10 de noviembre.
Ni de destilar finamente su sarcasmo.
Ni de cantar hasta desafinar.
Ni de ponerle nombres a las almohadas.
Ni de divertirse con todos los personajes que saca del maletín frente al espejo.
Ni de bailar hasta caerse.
Ni de abrazar cuando hay escasez de abrazos.
Ni de disfrazar sus ternuras con maldades.
Ni de quererme como quiere.
Ni de gritar verdades que piensa.
Ni de pelear por lo incorrecto. O lo correcto. ¡Quien sabe como esté la bipolaridad!
Ni de robarme a mi mamá.
Ni de reírse. Reírse hasta llorar.
Ni de ser cobarde o medio valiente.
Ni de amar las bicicletas.
Ni de volar de nube en nube con sus elocuencias.
Ni de pensar en cine.
Ni en las fiestas.
Ni de odiar las herencias de Disney por lo tanto que  pesa.
Ni de escuchar cada día que requiera.
Ni de tener sustantivos con adjetivos, como mi amiga la enemiga esa?
Ni de tener unos ojos hermosos.
Ni de lucubrar por qué Teresa?
Ni de abrir el portafolio más amplios de incoherencias.
Ni de llamarse como quiera o quizá la ivisesa.

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