Una tiene que escribir renuncias cuando le da por amar a un escritor. Qué clase de veneno expiden.
Te anclan el alma. Sí, si te la despojan y te meten un poema. Mil poemas. Todas las letras del arte en el pecho. Te explotan los universos en el cuerpo, te chupan la ternura, y ya te ves de cualquier forma en la vía láctea. Son nocivos para los labios. Se guardan tu corazón en la camisa, Sí, sí en la camisa. ¿Qué tan cerca estás del suyo? Te pican el horizonte. Se desnudan a plena luz de día. Y a cambio de besos, redobles de mutismo. El veneno ya es otra cosa. A ese lo sentís, cuando no tenéis manera de salvarte, es combatiente de todas las guerras, el muy jodido. Ese puede tomar figura de dios, de ángel, de demonio y te habita todas las partículas. Te recorre rapidito el cuerpo al song de Wonder. Te instala un tarantín de caricias en las piernas. Te presenta sus playas; pero no te ahoga. Te deja viva. Latente, muy latente. Es todo un estratega. Es capaz de sacarte las entrañas, dulcemente, una tarde de lluvia por la boca. Y te derrama colores los domingos. Un día le da por ser olvido y al parpadeo siguiente el ardor de una cerveza en el estómago.
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