lunes, 21 de junio de 2010

Teatro del Absurdo

Se escucha una explosión, llega el espectáculo a la ciudad: hay cámaras y monigotes disfrazados de seriedad.
Se mueven como títeres, se desplazan como Romeos en un balcón ficticio.
Tambalean, tambalean. El piso está mojado. Los letreros amarillos se embriagaron con champagne.1
El señor de la esquina, junto al colector de nuestra ruta, guiña el ojo y nos aprueba la obra.
El guión no tiene errores.
Y las mariposas son las luces del escenario.
Obama, Chávez y Bush armonizan la velada. (Su director viste  con dothi).
Esta noche no hay discursos, porque el disparate no tiene título.
Quieren que nadie los vea. Y todos los miramos  y oímos. Sólo algunos somos osados: y REÍMOS.
El show agotó las entradas.
Las colas eran interminables (como las miradas).
Dos vagabundos son los protagonistas. Desconocen el silencio. Se queman, se incineran los dedos.
Se oye lejano: "no lo prendas, es complicado apagar las llamas".
Te acercas y aletargas la vida,
te huelo y me derrites.
Tu boca, tú boca es mi mejor adicción.
Cerca hace un  chispazo.
El telón es intermitente. 

 1[ Sólo por ser espumosa.]

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