Y nos falta escribir tonterías en la arena de aquella playa, pintar el cielo del azul más fuerte y empezar a confundir bocas con mejillas -quien sabe si por necesidad o diversión-.
Subir a la montaña más alta de los sueños, tomarnos tres copas de vino desde la calidez de la alfombra y seguir tropezando de cuando en cuando con la picardía de la sonrisa bonita.
Robarnos versos sin rima,
que refugien amores pasados e imposibles,
brindar por las conversaciones sin sentido,
y votar por las confidencias de un punto suspensivo.
Hacer los paréntesis que deseas,
y dejar la puerta entre abierta,
mirar de cerca y
despedir al miedo.
Aferrarse de las fantasías y poder transformarlas en tiempo y espacio con los pedacitos de luz que regalan las madrugadas.
Ensordecerte con las canciones que te sacuden y
despreciar a quien no te provoque ni un error ortográfico.
Repatriar a la sinceridad y corromper a las mentiras.
Tirarle una moneda a quien no cree en ti y sobre todo
dudar.
Aterrizar sobre lo benigno de un momento,
desnudar a los silencios que aturden y justo sacar de la manga un chocolate blanco.
Bailar con tu son o guaguancó.
Y, ponerle punto final a un montón de letras descontroladas para vivir aquí o allá con la brújula orientada al centro de la diana.
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