En este pueblo -como en todos los pueblos-, la gente tiene la extraña manía de señalar como locos a quienes disfrutan, por ejemplo de la lluvia. Él, sí usaba drogas... pero también hacía arroz, tocaba guitarra en los ventanales de su casa, no se vestía de traje ni pertenecía a una esfera privada, bailaba tangos y gritaba cuando lo tildaban de distinto. No, no era homosexual. Ni estudiado. Ni estaba demente. Pero, cuando llovía siempre salía a su terraza con un potecito plástico y un jabón.
Aquello se convertía en un espectáculo. No por él sino por quienes lo veían. Era como si bañarse bajo la lluvia fuese algo de otro mundo y vaya usted a saber las rarezas de este mundo y no de otro. Decía... que bañarse era un espectáculo para algunos. Para otros un ritual. Para él, sólo era aprovechar aquél momento y mandar al diablo los prejuicios, o mejor dicho, enjabonarlos y sacarlos con lluvia.
Bañarse tenía una convicción: sentarse en el piso. Ponía el jabón y el potecito a un lado de su lado. Miraba al cielo. Y de repente, comenzaba a "estregarse" los pies con el jabón. Sólo usaba el jabón en sus pies. ¿Por qué sólo lavaría sus pies? Los lavaba una y otra vez con mucha fuerza, con rabia. No lavaba su rostro, ni extremidades. Sólo sus pies.
Nunca se supo por qué.
Nunca se supo si dejó de llover.
Nunca el pueblo fue pueblo.
Nunca se supo el nombre del hombre que se enjabonaba bajo la lluvia.
Sólo se supo que: quizá se volvió cuerdo por una cucharada de lluvia bajo la lengua.
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