En este cuento los personajes serán: los jueves, una ventana, una mesa de dominó, cervezas, reggaeton y un muchacho del otro lado del teléfono. (No tú no).
Detestar a sus vecinos sería algo tan humano como entender lo inhumano de una cerveza acompañada de un sonido, tan perturbador, que la definición de papá es más que precisa. Atroz, usa ese adjetivo cada vez que oye lo estridente de ciertos géneros.
Y cuando la gente debe jugar al insomnio, contar ovejas, dar vueltas en la cama sin parar, leer, comer, escribir, ver películas, enloquecer al control remoto de un televisor, escuchar música, pensar sandeces, preparar chocolate caliente, decir disparates, armar rompecabezas o dormir, hay quienes deciden convertir un aburrido jueves, en un jueves tan corriente, que quienes son espectadores resultan ofendidos con la elección.
Y cae la primera pieza de dominó en la mesa y se desencadena una seguidilla de vulgaridades. Aunque la distancia es mínima no se puede deducir que tanto pasa entre pieza y pieza de juego. Se sabe que la ventana ahora es el refugio improvisado de un jueves ordinario. Y se presume que lo ordinario son unos cuantos menganos con sus menganas -por supuesto-, que se dejan llevar por lo común.
Digamos que la moda los acomoda con sus gustos, con las 24 tapas de cervezas adornando el piso, con las impertinencias que les produce, con las risas desbocadas de la hora, con las botellas rotas, con las peleas a las tres de la mañana, -con las ganas de salir corriendo-, con la música que deciden oír, con la perdida de tiempo que están teniendo, -con los delirios de quien está al otro lado de la ventana, sin sueño-, con aquél que no está de este lado, y da consejos para silenciar estas tertulias, con las ganas de que se esfumen estos terribles jueves. O que al menos el dominó sea reemplazado por un monopolio y la música por el silencio. O aún más sencillo, que las madrugadas de los jueves vuelvan a ser lo que eran antes: dulcemente calladas.
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