Acércate y túmbame en tu cuello. Aposento de blancos olores; camposanto de incautas. Duérmeme allí. No me despiertes. No me despiertes nunca.
Sácame de mi y constrúyeme en las sagradas escrituras que seducen tus vigilias,
en alguna vereda o en la taza de café con leche que te bebes
para que cualquier extraño me tome por casualidad.
Mejor fúndeme a tu espalda con caricias (así otras me encontrarán)
o en el contacto de tus talones con el suelo
y muérdeme los hombros.
Húndete en mi pecho,
Húndete en mi pecho,
ábrelo para callar la explosión
de colores que irradiarían tus sueños.
Llévate la bomba indivisible
que activas desde ¿lejos? Cométela.
Siéntate en aquella banquita, que huele a mar y cométela con los dedos hasta saciarte.
Ármame
y desármame
una y otra vez
para finalmente, arrojarme en el Leteo.
¿quien podría ahogarte en el Leteo?
ResponderEliminarMirame y desmirame.
ResponderEliminarDate cuente que te veo muchacha, te veo en letras, te veo en ojos. Mira más allá.
¡Y quien no podría!
ResponderEliminar