Último acto: felicitarnos con toda la ironía que corresponda
A nosotros los periodistas y no comunicadores,
con amor.
Caramba,
llegamos a otro 27 de junio. Día de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Justo
voy saliendo del Teatro Baralt. Pasé tres horas escuchando hablar de José
Ignacio Cabrujas. De la formación Cabrujiana. Un señor que recuerda la
televisión con un desorden ondulado por cabello y por letras, más que
apasionado, más que literato, más que dramaturgo, más que cronista, ciudadano
de calle: pateador de calle, digamos pues.
Una que no conoció a Cabrujas, que no pudo asistir a algún estreno de sus
piezas teatrales, de sus películas, ni a algún conversatorio, que no lo vio
militante en el MÁS, que su voz no le eriza la piel, se tropieza con sus
crónicas y sabe que el hombre está vivo. Una que va al teatro a ver Cabrujas en
el país del disimulo, sabe que el tipo está vivo y que a la política, la atavió
de sarcasmo. Desde otros gobiernos. Que no necesita estar aquí y ahora, para
que El Nacional y el Diario de Caracas tengan su crónica respectiva, tocando
cualquier tema actual. El tipo fue un futurista. Las dejó escritas todas.
Antes, que Marx, Lennin, Betancourt o Chávez o Capriles, el problema es
otro (que me perdonen los dos primeros por rebajarlos y juntarlos con mis
últimos mencionados) Y yo quisiera con gusto revelárselos; pero -antetodo- me
inquieta muchísimo que ningún medio audiovisual o impreso de este puerto, haya
estado en el teatro para cubrir el documental, que lleva Antonio Llerandi al cine. O a cualquier saloncito, que se preste para
exhibirlo. Lo cierto es que no hubo lleno absoluto de la sala Alta del Baralt.
Lo cierto es que la sala estaba ocupada, en su mayoría, por la generación que
formó el maestro Cabrujas, de manera indirecta o no. Actores, colegas. Sus
alumnos, pues. Y uno que otro, que lo ha conocido desde hace poco por la
recopilación de sus crónicas. Yo me imagino, me pinto el vacío de esa sala,
como el mismo vacío que se encuentran en las páginas de opinión de cualquier
periódico venezolano. Y con esto afirmo, sí; no he leído a alguien que me
refleje en letras, tan solo un poco, a modo de un pedacito de herencia de
reclamos, de protesta, como lo hace él.
Tenemos la vida, el país, lleno de
insultos. Una eterna anáfora humanamente política. Una sale a la calle y oye a
hablar de majunches, de majunchismo en la panadería. Pero, en la parada de
autobús escucha a hablar del mico en Miraflores. Y se nos van los días en lo
mismo. Sentarnos en la mesa para cenar y se termina hablando de una sola
persona, con cáncer o no. Aquí las quejas, el periodismo, las páginas de
opinión son un gran desierto de protestas, una sacudida de excusas con bonos,
después del quince o del último. Una reverencia de halagos. Y sigue fallando la
electricidad, y sigo escuchando los errores de la Cuarta, y ayer, leí el
periódico y unos tipos, al mejor estilo barato de Hollywood robaron un Centro
Comercial en Maracaibo. Por lo demás no existen alteraciones. Los bostezos son los mismos en las paradas de buses, en la
cola para entrar al cine, en la cola del banco de los pensionados, el señor del
abasto, el señor del cafecito, el chófer de tráfico, mi papá por las mañanas,
por las tardes, por el insomnio. Mi mamá los domingos, mi abuelita desde Goméz
hasta Chávez y desde Chávez hasta Carlos Andrés, los buhoneros, el señor bien
vestido en un restaurante, el matrimonio tomando té en la mesa de al lado, los
estudiantes que no se interesan más que ser una triste partida de dominó, la televisión, la radio, las vallas, los
taxistas, yo misma que estoy tan fatigada como mis letras y el país.
También se celebra hoy el día del periodista. En la calle ya debe estar
el primer tiraje de los periódicos. No sé si vaya a comprarlos. No lo creo,
puedo –incluso- predecir la primera plana de cada uno. Fotos con
reconocimientos, alardeando del Gran Trabajo que se hace en una sala de
redacción. Como quien dice un premio, exhibir las caras de los responsables en
llevar las noticias de ayer, al hoy en sus casas. Siendo esta cualquiera. Decía
Cortázar que el diario es abandonado en las bancas, luego de andar bajo el
brazo de un señor y el final es regresarlo a casa para servir como empacadura
de verduras. O cobijo o baño para perros o animales. En eso terminará la
majestuosa foto del ganador del Premio al Periodista del Año. Periodista que
estoy segura no se interesó en darle una cuartilla al documental de Cabrujas.
Periodista que buscará la sinopsis de la obra y bueno refrito con eso.
Maryevan León.
Interesante reflexión te invitamos a que nos visites en facebook.com/Cabrujas
ResponderEliminarSaludos.
Jorge Mirada - Moebiusweb